A 68 años del viaje de Laika
La historia de Laika a menudo evoca una imagen inocente e infantil de perros vestidos de astronautas, viajando felices por el espacio para conocer otros planetas. Pero Laika no fue a visitar otras galaxias ni extraterrestres. El 3 de noviembre de 1957, la Unión Soviética lanzó a una perrita callejera al espacio en la nave Sputnik 2. Fue recogida de las calles de Moscú y se convirtió en el primer ser vivo terrestre en orbitar la Tierra.
Con el tiempo y el análisis histórico de este suceso, resulta evidente que su aparente heroísmo ocultaba una verdad muy dolorosa: no había plan de retorno ni plan de rescate. El objetivo era demostrar que un ser vivo podía sobrevivir al lanzamiento, al entorno espacial y a la ingravidez.
El primer comunicado oficial afirmaba que Laika sobrevivió varios días hasta fallecer por falta de oxígeno. Sin embargo, algunos años después se reveló que, pocas horas después del lanzamiento, el sistema de control térmico de la nave falló, causando la muerte del animal por sobrecalentamiento y estrés. El Sputnik 2 orbitó la Tierra por más de 150 días y, al ingresar a la atmósfera, se desintegró.
A más de seis décadas de aquel hecho, Laika sigue siendo un símbolo de la instrumentalización de los animales en nombre del progreso científico. Marcó un antes y un después en la historia de la investigación espacial, y también en la conciencia global sobre los límites de la experimentación animal. Sin embargo, miles de animales siguen siendo enviados a la Estación Espacial Internacional (EEI) para diversos experimentos coordinados por agencias de distintos países.
¿Por qué viven animales en la Estación Espacial Internacional?
Diversas publicaciones especializadas detallan cómo funciona la experimentación animal en este ámbito. Por ejemplo, artículos en los que la directora de Servicios Biológicos del King's College de Londres, Julie Keeble, explica en qué consiste el uso de animales en el espacio para estudiar cómo vivir fuera de la Tierra.
La evidencia disponible señala que los científicos han utilizado animales para estudiar los efectos de los cambios en la gravedad, la radiación y el estrés mecánico en la biología, así como en algunas enfermedades. Se ha demostrado que la reducción de la gravedad en el espacio afecta la función cardíaca y cerebral, provocando, por ejemplo, atrofia muscular o pérdida ósea en los astronautas. Además, el cuerpo puede experimentar alteraciones del sueño, cambios neuronales, envejecimiento prematuro, modulación del sistema inmunitario y cambios tanto en el microbioma como en la interacción entre microbios y patógenos. Todos estos síntomas se estudian para comprender condiciones equivalentes en la Tierra.
Animales en el espacio
En estas publicaciones, la Dra. Keeble reconoce que es más difícil estudiar células de mamíferos en el espacio que en la Tierra, ya que requieren sistemas muy especializados, no se desarrollan bien en microgravedad y resienten la lejanía del cuidado humano. En contraste, algunos microorganismos, como las bacterias, prosperan sin gravedad y no les afecta flotar aisladas en un módulo durante días. Por ello, gran parte de la investigación espacial se centra en microorganismos.
A pesar de esto, se han enviado diferentes especies al espacio y muchos organismos han establecido su hogar en la EEI. Al igual que en la Tierra, hay motivos por los que cada especie se considera apropiada para diferentes preguntas de investigación:
Gusanos nematodos: Un diminuto gusano llamado Caenorhabditis elegans puede volar al espacio de forma relativamente sencilla en contenedores con medio de cultivo, dentro de una caja del tamaño de una baraja de cartas. Se reproducen cada pocos días, maduran en órbita y producen miles de ejemplares. Se describe como un modelo muy rentable, ya que la investigación espacial puede costar decenas de miles de dólares; cuanto más pequeños sean los animales y menos mantenimiento requieran, más convenientes resultan. C. elegans es popular para investigaciones que van desde el estudio del compostaje en el espacio hasta la pérdida muscular.
Insectos y crustáceos: La propia Dra. Keeble ha enviado especies como abejas o pulgas de agua (Daphnia) para estudiar la polinización, el estrés o la reproducción en microgravedad. Al igual que los gusanos, las moscas pueden transportarse en pequeños contenedores, albergando un mayor número de individuos que los ratones. La mosca de la fruta (Drosophila melanogaster) puede conservarse en viales de plástico con algo de alimento. Se utilizan para estudiar la neurodegeneración o la función cardíaca, e incluso pueden reproducirse en órbita.
Especies acuáticas: Los embriones de pez cebra, pez medaka y rana Xenopus se conservan en una Unidad de Hábitat Acuático especial.
Mamíferos: Los únicos mamíferos que se siguen enviando al espacio son los ratones, utilizados para comprender los efectos de los vuelos espaciales, particularmente en la densidad ósea o la atrofia muscular. La EEI recibe misiones con roedores promovidas por compañías farmacéuticas, no necesariamente para comprobar medicamentos en el espacio, sino para modelar enfermedades. No obstante, debido al enorme coste que supone el uso de ratones, se prioriza el trabajo con especies más pequeñas.
Cuidado de animales en el espacio
Los animales viven un proceso de aclimatación en el que se trasladan a un entorno que imita su hábitat espacial. Dado que flotan en microgravedad, las jaulas están acondicionadas para que puedan moverse eficientemente en cualquier dirección. Para evitar que los insumos y desechos floten, los ratones reciben barras de alimento en sistemas de contención (casetes que los astronautas cambian cada dos o tres días) y toman agua en bolsas. Un ventilador de bajo consumo extrae y almacena los desechos. Las jaulas incluyen habitáculos fijados al suelo para que puedan ocultarse y anidar de forma segura, y un sistema de video los monitorea constantemente. Generalmente, se adaptan rápido a la microgravedad sin mostrar cambios significativos de comportamiento, aunque pueden incrementar su acicalamiento, de manera similar a cuando se trasladan a un nuevo entorno en la Tierra.
Cada detalle es observado por cuidadores experimentados. Antes de emprender misiones que impliquen investigación con animales, todos los astronautas reciben capacitación y certificación para manipularlos. "Los ratones tienen prioridad en la estación espacial. Se hace todo lo posible para garantizar que estén en el cohete el menor tiempo posible y en las mejores condiciones. Hay que tener en cuenta cualquier plan de contingencia, incluso uno que implique que un ratón se escape a bordo”, afirma la Dra. Keeble.
Si bien los experimentos espaciales han aportado a la comprensión de procesos biológicos en microgravedad, la ética científica moderna exige algo más que resultados. La evidencia actual muestra que las respuestas fisiológicas y moleculares de otras especies no son necesariamente extrapolables al ser humano, debido a diferencias fundamentales en la expresión génica, la regulación inmunológica y la composición del microbioma. Además, el entorno espacial genera alteraciones epigenéticas y de estrés imposibles de controlar, lo que reduce la validez experimental de estos modelos.
Hoy, la ciencia cuenta con alternativas avanzadas sin animales, como organoides humanos, órganos en chip y simulaciones computacionales de microgravedad, que permiten explorar los límites de la vida más allá de la Tierra sin reproducir los costos morales del pasado. Conoce los avances científicos de Latinoamérica en el Mapa de Laboratorios Alternativos de Te Protejo.
Este contenido fue adaptado del artículo original y traducido por Gaby Aviña.

