La historia del pez cebra
En las profundidades de miles de experimentos científicos se esconde una criatura con aletas y un tierno traje a rayas que ha sido el centro de atención de múltiples investigaciones. Un pequeño pez de agua dulce originario de Asia se ha convertido en uno de los organismos más explotados en la ciencia durante las últimas cinco décadas. Su genoma, ampliamente caracterizado, ha permitido su manipulación genética y la creación de cientos de modelos de enfermedades. Además, su desarrollo embrionario transparente ha permitido la observación de procesos celulares en tiempo real. Todo esto gracias a su rápido ciclo reproductivo, que facilita la obtención de múltiples generaciones en cortos periodos de tiempo.
Se trata del pez cebra. Su nombre científico es Danio rerio, proveniente de raíces bengalíes y latinas, y significa literalmente “pequeño pez rayado de los arrozales”. Esta especie ha sido usada como herramienta para justificar avances en genética, biología del desarrollo, toxicología e investigación de enfermedades humanas (como el cáncer, afecciones cardíacas y oculares, y enfermedades neurodegenerativas e inmunitarias), utilizándose tanto en la modelización de enfermedades como en el testeo de fármacos o tratamientos. Es muy probable que en la búsqueda de artículos científicos de cualquier categoría se encuentre más de un experimento con peces cebra. Sin embargo, y a pesar de ser tan comunes en la ciencia, no existen cifras globales exactas sobre cuántos de ellos se usan en investigaciones. Esto ocurre porque la mayoría de los países no reporta su utilización y, especialmente, porque las larvas menores de 5 días post fertilización no están incluidas en las normativas, pese a ser las más utilizadas. En Europa y el Reino Unido, los registros oficiales muestran cientos de miles de peces al año, con el Danio rerio como la especie más empleada, mientras que en Estados Unidos no existe la obligación de reportar su uso.
Una de las justificaciones por las que el pez cebra es tan utilizado en la ciencia se asocia a su similitud genética con los seres humanos. Aproximadamente el 70 % de su genoma coincide con el nuestro, y alrededor del 84 % de los genes asociados a enfermedades humanas tienen un equivalente en este animal. Además, su capacidad para regenerar tejidos, como el cardíaco y el nervioso, lo ha posicionado como un organismo clave en la investigación de terapias regenerativas. Estas características han convertido al pez cebra en uno de los animales más usados para la prueba de nuevos tratamientos desde los años 30, con un aumento considerable en los registros desde la década de los 70. No obstante, esto responde más a un fenómeno de conservación evolutiva que a una razón ética válida para justificar el uso de especies consideradas, erróneamente, como "menos sintientes".
¿Qué sabemos y qué ignoramos sobre la sintiencia de los peces?
La sintiencia, o la capacidad de experimentar sensaciones y emociones, ha sido tradicionalmente asociada a mamíferos y aves, dejando a los peces y a otras especies fuera del debate ético durante muchos años. Las diferencias anatómicas entre los sistemas nerviosos de los peces y de los mamíferos han llevado a cuestionar si la experiencia del dolor y estrés en el medio acuático es similar a la de los animales terrestres.
A menudo se argumenta que su percepción no puede ser comparable con la de los humanos o mamíferos, dado que no tienen las mismas reacciones ante estímulos nocivos o carecen de sistemas de defensa homólogos. Sin embargo, esto no significa que no sientan dolor; nuestra percepción sesgada no anula la realidad de su experiencia. Sumado a esto, la evidencia acumulada apunta a la necesidad de reevaluar estas suposiciones, diversos estudios han demostrado que los animales marinos, incluidos los peces cebra, poseen sistemas nerviosos complejos que les permiten experimentar estrés, dolor y aprender cosas nuevas. Por ejemplo, los peces cebra exhiben respuestas conductuales ante el daño, como frotarse contra superficies después de una lesión o evitar áreas donde han recibido descargas eléctricas u otros estímulos dolorosos. Estas respuestas corresponden a comportamientos adaptativos que sugieren una experiencia consciente del dolor mucho más profunda de lo que entendemos. Tienen la necesidad de aliviarse o alejarse de entornos potencialmente peligrosos, adoptando distintas formas de refugio y evitando espacios muy abiertos o zonas donde se encuentran sus principales depredadores.
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¿Por qué no generan tanto debate como las especies terrestres?
Los peces han sido percibidos como menos complejos y, por ende, menos capaces de sufrir. Además, siguen siendo la parte central y más importante de industrias extractivas como la pesca y la acuicultura, perpetuando así la noción de que son "productos" y no seres con sus propios derechos y sensaciones. Esta percepción ha sido reforzada porque no poseen expresiones faciales o vocalizaciones audibles para los humanos, lo que dificulta nuestra empatía e interpretación de su sufrimiento.
La normativa internacional sobre el uso de animales en la investigación ha sido mucho más laxa con los peces, permitiendo su uso en experimentos que jamás serían aprobados para otras especies. De hecho, bajo los principios de las 3R (Reemplazo, Reducción y Refinamiento), a menudo son considerados equívocamente como un modelo de "reemplazo". Los peces son seres sujetos a consideración moral; sustituir el uso de mamíferos por peces no es un reemplazo real del uso de animales, sino un mero desplazamiento del daño hacia individuos que poseen una menor valoración en nuestra escala antropocéntrica.
Alternativas al uso del pez cebra
La urgente necesidad de reducir el uso de animales en la investigación científica ha impulsado el desarrollo de métodos alternativos. Entre estos, los modelos in vitro, los órganos en chip y el modelado computacional han demostrado ser herramientas eficaces y éticas. Los modelos in vitro emplean cultivos celulares derivados de tejidos humanos para estudiar procesos biológicos sin recurrir a animales. Algunos ejemplos destacados incluyen modelos de piel humana reconstituida, utilizados para pruebas de toxicidad y corrosión. Estos sistemas permiten evaluar la respuesta celular en un entorno controlado, mejorando la precisión de los resultados y reduciendo la dependencia de la experimentación. Por otro lado, los órganos en chip combinan cultivos celulares con sistemas microfluídicos para simular de forma exacta la fisiología de los órganos humanos. Además, el modelado computacional (in silico), apoyado en la bioinformática y la inteligencia artificial, ha avanzado significativamente en la predicción de la toxicidad y eficacia de nuevos compuestos.
La implementación de estos métodos no solo promueve la ética en la investigación, sino que también mejora la calidad y relevancia de los hallazgos científicos. Al replicar más fielmente la biología humana, estas técnicas ofrecen resultados directamente aplicables y eliminan los enormes riesgos asociados con la extrapolación de datos interespecie. Así, la comunidad científica avanza hacia prácticas más responsables y efectivas.
Todos los seres sintientes merecen respeto
La abrumadora evidencia sobre la capacidad de los peces para experimentar dolor nos obliga a reconsiderar su trato en los laboratorios. La educación juega un papel crucial en este proceso, promoviendo una comprensión más profunda de la sintiencia animal y fomentando el respeto por todas las formas de vida. Las instituciones educativas y los centros de investigación deben integrar en sus programas el conocimiento actualizado sobre la sintiencia de los peces y priorizar la disponibilidad de métodos alternativos. Si la motivación para usar al pez cebra es su similitud genética con los humanos, la conclusión coherente no es usar peces en lugar de ratones, sino utilizar modelos basados en células humanas que reproduzcan directamente dicha biología. Asimismo, es fundamental que las políticas y regulaciones se actualicen para reflejar estos avances, garantizando un trato ético a todos los animales utilizados en la ciencia.
El respeto por los peces no solo es un deber moral, sino también una oportunidad para mejorar la calidad y la rigurosidad de la investigación biomédica, avanzando hacia un futuro donde la ciencia y la compasión vayan, por fin, de la mano.
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