Estudio revela la percepción que tienen las personas sobre los animales usados en laboratorio respecto a otras especies
Una reciente investigación, publicada en la revista académica Journal of Experimental Social Psychology, buscó examinar el proceso mediante el cual las personas reducen la carga moral que constituye el uso de animales en experimentos y la percepción que tienen sobre estos en relación con otras especies.
Kevin Vezirian, Brock Bastian y Laurent Bègue-Shankland, académicos de distintas entidades, llevaron a cabo un estudio titulado “Tubos de ensayo peludos y sin mente: categorizar a los animales como sujetos de laboratorio conduce a la negación de su mente”. El propósito fue ahondar en la percepción de las personas frente a los “animales de laboratorio”, pues, pese a que empatizan con su sufrimiento y se preocupan por su bienestar, buscan justificar su uso en nombre de la ciencia.
Según una estimación, cada año se utilizan alrededor de 190 millones de animales en laboratorios de todo el mundo, ya sea para investigación biológica, genética, médica o agronómica. Aunque alrededor de 45 países han prohibido los experimentos en animales con fines cosméticos al considerarlos innecesarios en esa industria, en la ciencia médica aún se consideran obligatorios en el desarrollo de nuevos fármacos. De hecho, el 45,5 % de toda la experimentación con animales se lleva a cabo para satisfacer estos requisitos legislativos (Comisión Europea, 2021).
Dichos procedimientos generan graves efectos adversos en los animales, como irritaciones de la piel y los ojos, hemorragias internas, parálisis y altísimos niveles de estrés y angustia. Esta realidad genera preocupación en la sociedad; sin embargo, muchas personas que empatizan con los animales al mismo tiempo creen que el uso de estos modelos es una práctica científica esencial y necesaria por razones de seguridad y salud humana.
Ante este contexto, los autores del estudio buscaron determinar si categorizar a los animales como sujetos de pruebas farmacéuticas daría como resultado la negación de su mente, y examinaron si la manipulación discursiva sobre el sufrimiento experimentado podría afectar el alcance de esta tendencia.
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¿De qué se trató el estudio?
Para lograr un análisis profundo, los académicos encuestaron a 3.405 participantes, a quienes les mostraron imágenes de distintos animales (como conejos, hamsters, perros y macacos) acompañadas de una breve descripción.
Uno de los grupos de participantes leyó descripciones centradas en las características físicas de los animales, como el tamaño y el color del pelaje. Por ejemplo, uno de los textos indicaba: “Este animal es un perro, concretamente un beagle. Es un animal de cuatro patas y el color de su pelaje puede estar compuesto por varios tonos como el blanco, el marrón o el negro. El beagle es un animal diurno, lo que significa que está activo durante el día y descansa por la noche”.
Por otra parte, a otro grupo se le presentó el mismo animal, pero etiquetado como un sujeto de laboratorio, de la siguiente forma: “Este hámster vive en un laboratorio para ser utilizado como animal de experimentación en productos médicos, de cuidado personal y del hogar. Con fines científicos, será sometido a pruebas y sufrirá insuficiencia orgánica, hemorragias e irritación. Al final del experimento, el hámster será sacrificado”.
Esta manipulación experimental fue seguida por una variable dependiente en la que los individuos calificaron hasta qué punto pensaban que el animal presentado estaba dotado de 15 capacidades mentales, tales como: placer, miedo, rabia, gusto, alegría, felicidad, deseos, anhelos, planificación, metas, orgullo, dolor, hambre, vista y audición. Dichos ítems midieron la atribución mental y detectaron otras dimensiones relevantes como emociones primarias y secundarias, intenciones o pensamiento. Esto se evaluó mediante una escala de Likert de 7 puntos (donde 1 significaba “no posee” y 7, “definitivamente posee”). Asimismo, sumaron una escala de especismo y otros tres ítems individuales para medir las estrategias de desvinculación moral utilizadas para justificar la experimentación.
A modo de complementar este primer análisis (estudio 1a), los expertos sumaron los estudios 1b y 2b. El primero (1b) tenía como fin consolidar los hallazgos previos, demostrando que etiquetar a los animales como modelos de prueba conduce instantáneamente a un menor reconocimiento de su capacidad mental en comparación con los mismos animales presentados en su hábitat natural. El propósito del segundo (2b) fue replicar la negación mental generalizada hacia los “animales de laboratorio” y examinar a fondo los factores que explican cuándo y por qué las personas son más propensas a negarles estas capacidades; para esto, investigaron si el aumento en la sensación de responsabilidad individual por el daño causado amplificaba la tendencia a negar la mente de los animales.
Observaciones finales
Tras la realización de la investigación, se concluyó que los participantes adjudicaban sistemáticamente menos capacidades mentales y cognitivas a los animales descritos en un contexto de laboratorio frente a aquellos presentados a través de sus características físicas.
Los hallazgos afirman que, cuando a las personas se les recuerda el daño asociado a la experimentación y se enfrentan a un animal descrito en este contexto, limitan su percepción sobre las capacidades mentales del mismo. Al hacerlo, logran racionalizar y justificar su uso en entornos de investigación.
En relación con la responsabilidad moral que los participantes sentían ante la experimentación y el uso de productos testeados en animales, se identificó que no asumían una responsabilidad individual. Dado que la experimentación está muy extendida y en muchos casos es un requisito legal, los procedimientos se perciben como un producto de la responsabilidad colectiva, dejando poco espacio para el cargo de conciencia individual.
En suma, los datos sugieren que la simple clasificación de los animales como "de laboratorio" es suficiente para que las personas los vean como "tubos de ensayo peludos", a pesar de que los consumidores generalmente afirman preocuparse por los atributos éticos de los productos que compran.
Según los autores del estudio, y conforme a su hipótesis inicial, este fenómeno es muy similar a lo que sucede a la hora de justificar el consumo de carne: resulta más fácil apaciguar cualquier conflicto moral interno cosificando a los animales de consumo y experimentación, reduciéndose a un nivel existencial menor que el de otras especies. Puedes leer el estudio completo aquí.
Si bien alejarse de la experimentación animal en todos los frentes puede ser un gran desafío, el desarrollo de métodos alternativos está en pleno proceso, al igual que la implementación del principio de las 3R (Reemplazar, Reducir, Refinar). Por todo ello, esperamos que muy pronto el uso de animales en experimentos deje de ser una práctica necesaria y obligatoria a nivel global, no solo dentro de la industria cosmética, sino en todo el mundo de la ciencia.
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